Monday, April 02, 2007

Un domingo cualquiera


Entramos agarrados de la mano dentro del discreto monumento. Era la tarde de un domingo cualquiera, y a pesar de que sobran motivos y lugares donde esparcir la mente, nuestra agenda de ocio estaba en blanco. Dentro del mausoleo las tres figuras parecen mirar con cierto desaire a cada visitante, quizás por el cansancio de los años, o tal vez por el rumbo actual que ha tomado el país por el cual lucharon tanto. No aparecen identificados con sus nombres de pila. Por eso es que Juan Pablo, Francisco del Rosario y Matías Ramón son más reconocidos por sus apellidos Duarte, Sánchez y Mella, respectivamente. Esta famosa trinidad reposa en un solo nicho encabezado por una debilitada llama ardiente, que a mi interpretación es un símbolo irónico de nuestro convivir social, político y económico.

Claudia inclina su cabeza para mirar dentro del foso. Yo la imito e inmediatamente viene a mi memoria la tumba de Bonaparte en el recinto de Les Invalides en Francia, pero sin las condiciones magistrales ni la madera preciosa ni mucho menos la solemnidad. Pero ahí están ellos, los tres Padres patrióticos: el rico, el blanco y el feo. Sudaron la inteligencia, derramaron pólvora de coraje al disparar la independencia y mancharon con sangre valiente nuestra libertad. El rico murió pobre y exiliado; el blanco fue arrastrado por disentería; y el feo, con la gallardía de ser negro, atrapó en su pecho las municiones de plomo del fusilamiento.

Mientras nos movemos sigilosamente dentro del Altar, una voz de autoridad nos anuncia que ya es hora de marcharnos. Y es justo en ese instante cuando tres militares de carrera, en uniforme de gala y turismo, detienen sin esfuerzo alguno todo movimiento terrenal para arriar la bandera Dominicana del asta que la sostiene. Aún tomados de la mano, Claudia y yo enfrentamos dentro del panteón a la Puerta del Conde, que abre y cierra el casco antiguo de la ciudad, y cuyo umbral ha sido testigo de innumerables acontecimientos alegres y de combate. Cuando un grito de atención saltó de la boca del oficial, y aquél lugar parecía venerar silenciosamente en respeto, sentí cómo nuestros dedos se apretaban. Las palabras no fueron necesarias para transmitir el orgullo, para describir la emoción ni para recordar lo que dicen los libros de historia. Ese momento había que vivirlo y no tuve que morir en el intento.



Tres banderas flanqueadas con el rojo, azul y blanco fueron puestas a dormir, igual que el sueño con el que durante 163 años nos hemos desvelado como nación libre e independiente. Hace falta otro trabucazo que nos despierte del letargo. Necesitamos entender quiénes somos para saber a dónde marchamos. Mientras, mi orgullo Dominicano se perdió nuevamente un domingo cualquiera, en el Parque Independencia.

1 Comments:

At 11:56 PM, Blogger hello janna said...

de manera un little corta , pero un tanto interesting , pusiste de manifiesto lo facil que fue para nosotros lo que hicieron duarte , sanchez y mella , pero para ellos fue un tanto hard conseguir algo que ni el rico , ni el blanco, ni el feo pudieron pensar. tu articulo es breathtaking

 

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